
MANUEL VILLENA, nuevo artista de REDONDA
“Nací en un pueblo a 15 kilómetros de Cartagena: en Los Beatos” –me confiesa Manuel Villena–. Y añade: “Tuve una feliz infancia que dediqué a ir a clase, tomar colacaos y mirar el televisor. Crecí, no sin dolor de rodillas, y, con quince años, fui el más feo del espejo y odié a la humanidad al completo”.
En la actualidad, Manuel Villena vive en Madrid, donde –me dice– “tengo una casa; un amor; un gato; un trabajo en la calle Preciados; unas clases de sonido; unos amigos que llegan, mientras que otros se van, y algo de remordimiento, rutina y nostalgia. Tengo un futuro imperfecto, que quién sabe si tendrá otro nombre de mujer o se apellidará Barcelona, Berlín o Buenos Aires. Y tengo las cenizas de unas canciones que abundaron en amoríos y desdichas, tratando de enmendar la memoria o de mejorar el pasado”.
Ahí quería llegar. A las canciones de un joven cantautor que no se diferencia del resto de los mortales (a juzgar por la introducción que de él mismo nos ha hecho), pero que, sin embargo, tiene un don especial: el de la sensibilidad con la que musicaliza sus obras. Esa sensibilidad que trasmite una paz inmensa dentro de este mundo contaminado de ruidos, prisas y desprecio; lleno de egoísmo.
Manuel Villena abraza su guitarra y se transforma. Templa su voz y adorna el silencio con poemas nostálgicos, como este:
Te canto un parsifal si te descuidas,
te busco en diccionarios y te nombro,
con ángeles ocupo tu tristeza,
te pongo dos palomas en un hombro.
Tengo el tiempo capaz de subterfugios
refrendado de lágrimas y mocos,
con paciencia de dedos lagartijas,
te indago los coturnos macedonios.
Alerta en las entrañas remozadas
seremos qué más da con sus asombros,
amores de los nuestros ya no hay muchos
y pechos como el tuyo quedan pocos.
Destinado a morir en tus lunares.
Estos versos me están volviendo loco.
El poema anterior, de Pablo Jauralde Pou(1), lleva por título Amor y verano. Ahora bien, musicado e interpretado por Manuel Villena –al menos para mí–, adquiere otra dimensión: te estremece por su aparente tranquilidad y especial belleza. Las palabras, en definitiva, se dejan acompañar por las notas musicales y, juntas, llegan a ti como un beso cálido, como una caricia, que recuerda aquel atardecer lleno de color y tacto, preludio de un bonito sueño estival, todavía cercano y jamás olvidado. Jamás:
Destinado a morir en tus lunares.
Estos versos me están volviendo loco.
Es posible que Manuel Villena ame por encima de todo a la música, por lo que no se descarta que sea precisamente el desamor (motivo de locura transitoria y de dolor) el que alimente su particular modo de entender ese arte sonoro.
Un beso secreto en pleno verano
te deja muerto hasta febrero
y malherido de por vida.
Verso que encontramos en “Mariposas disecadas”. Tal vez su poema más íntimo, donde también se encuentra este otro ejemplo, propio de quien sufre su infortunio amoroso en silencio:
Abril me trajo a una mujer
que julio me arrebató.
Pero no sólo los desencuentros con “las cosas del querer” despiertan la inspiración del artista. Para nada. En su canción Ojos de hierba se percibe justo lo contrario: la presencia de un amor puro (loco amor, que el tiempo calma) con todos los ingredientes a su alcance: una niña que corretea con su perro en un marco incomparable, donde las imágenes y los sonidos más bucólicos se van percibiendo con cada rasgueo de guitarra; con cada acorde. Todo, en esta canción, hasta el ritmo más ágil, te hace sentir el pulso de la vida mientras existe un intento sin maldad “de robar el pecado”: el mar en movimiento, un barco que se acerca a la isla, el acantilado, la luna, el color de los ojos de una niña…
Ojos de hierba,
luces de otoño,
fuego de hoguera…
Ay…, el amor.
Me asomo al abismo de tu recuerdo,
respiro la fragancia,
naufrago en tu mirada;
naufrago en tu mirada, tengo miedo
de quemar la distancia
con esos ojos…
El amor en esta canción lo invade todo. Sin duda. Y el amor, lo sabemos, también lleva implícitas las palabras “respeto” y “perdón”. Y lleva música, mientras las llamas de sus ojos, embelesados, mantengan encendida la voz de los corazones… locos. Ojos de hierba –para mí– es una gran canción de amor. Un regalo para los sentidos.
…por esos ojos,
ojos de hierba,
mares sin fondo.
Musgo en la piedra.
(1) Pablo Jauralde Pou (Palencia, 1944), poeta e hispanista español, doctor en Filología Románica, profesor durante cuarenta años en distintos lugares (Saint Malo, Granada, Madrid, Londres, París…), fundador y director de varias revistas y autor de varios libros (poesía, ensayo, docencia…). Pablo Jauralde Pou ha trabajado sobre la literatura española del Siglo de Oro, siendo especialista en la obra de Quevedo y Cervantes.
Pero existen otros regalos en el disco Los viernes juntos, de Manuel Villena. En realidad cada canción lo es por méritos propios. Descubrirlos sólo es misión de aquel que escucha con atención y saborea el buen hacer de este joven artista. Estoy hablando de una música que mientras más se escucha más te atrae; más te atrapa. Ese tipo de música fugaz como un rayo pero imperecedera, por ser capaz de alimentar la memoria del alma. ¿Habrá algo en la tierra más agradable que pueda mejorar los sonidos del silencio?
Manuel Villena, en fin, entra por la puerta grande al “escenario” de REDONDA. Ojalá alguien pueda ofrecerle mejores oportunidades que aquella que le hemos ofrecido dentro de la asociación cultural que dirijo. Mientras tanto no está de más disfrutar con su obra Los viernes juntos. Escuchad…
© GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN
