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“T O R R E S   D E   C E R I L L A S”,
UNA CANCIÓN DE NACHO ÁLVAREZ

Nacho Álvarez y yo partimos de la nada. Él busca consuelo en su guitarra, mientras la abraza. Yo miro el juego de sus dedos contra las cuerdas, intentando comprender sus sentimientos para traducirlos en palabras.

Parecía difícil. Arriesgado, tal vez. Sin embargo, a los dos nos gustaba el desafío. Y lo intentamos a pesar de que Nacho Álvarez, porque no es pintor ni escultor, no usa materia alguna para llevar a efecto su trabajo. Él es un cantautor y debía componer una canción delante de mí para que yo pudiera contar el resultado de principio a fin. ¡Una locura! Locura creativa, al fin y al cabo, hecha realidad con el tiempo.


 

PRIMEROS DÍAS

Los tres primeros días fueron, para los dos, una tortura. Y lo fueron porque no veíamos avance alguno. Mas no encontramos ni una sola razón para la desesperanza. Después de una hora navegando en dique seco, al final, Nacho Álvarez, terminaba interpretando para mí alguna de sus bonitas canciones. Yo, la verdad, me sentía un privilegiado, escuchándole; él parecía olvidar su pequeño fracaso y su voz crecía por momentos. Lo mismo que sus dedos, a los que yo, entonces, veía volar con soltura entre la enredada maraña de las cuerdas de su guitarra.

AL CUARTO DÍA APARECIÓ LA LUZ

Por mutuo acuerdo cambiamos de estrategia: él se esforzaría en que su guitarra hablara con la voz que imponen las siete notas musicales (do, re, mi, fa, sol, la, si), mientras que yo le observaría en la distancia, ocupando mi tiempo en leer una novela (Calle Feria, de Tomás Sánchez Santiago). Era comprensible: Nacho necesitaba concentración y soledad, y mi presencia, como es obvio, no le ayudaba en absoluto. Sin embargo... El artista, durante la primera media hora de la cuarta jornada pareció despertar de un mal sueño. Dejó su guitarra apoyada en el sofá y alargó su mano derecha en busca de un bolígrafo. Yo le observaba mientras escribía. Parecía tener prisa en trasmitir una idea fugaz al papel. Pasó un tiempo, que me pareció un siglo. Levantó la vista. Me miró y, ofreciéndome aquel papel arrugado, muy serio, me dijo:
–Mira, ¿qué te parece?

*  *  *
“Y dime  dónde  estabas  cuando todo se caía,/ cuando nuestros   rascacielos eran torres de cerillas, / cuando nos llegaba el miedo, / cuando nos metían prisas, /cuando ya no había nada más que humo”.
*  *  *

Me parecía un buen principio. Era suficiente.

A PARTIR DEL QUINTO DÍA

Nos concedimos un largo respiro o jornada de reflexión (la verdad es que lo hice a conciencia para poder hablar, para intercambiar opiniones).
–¿Tomamos una cerveza en el Café Central?
–Vale.
–¿Te va bien a las seis?
–OK.
El verano en León, a media tarde, tiene un encanto especial. Las calles parecen disfrutar de la soledad que marca las horas posteriores a la siesta. Y, a la sombra, se respira la vida con mayor intensidad.
Nacho llegó antes que yo. Como siempre (aunque, para que no existan dudas sobre mi puntualidad, he de añadir que a la aguja mayor del reloj le faltaban dos suspiros para hacer el “pino” dentro de la más absoluta verticalidad).
–¿Qué tal?
–Bien, tirando a excelente.
Buen comienzo. Y con esa cordialidad se nos pasaron dos horas, en las que el músico reflexionó en voz alta sobre la idea de su canción para esta revista.
La “culpa” –me llegó a confesar– la había tenido Marta. Una chica con la que tenía sobradas esperanzas de mantener algo más que una amistad. En fin. Todo se acaba con el tiempo. Y también con los desamores se consigue que hable una guitarra con la voz melancólica que impone el corazón, que dicta el alma. Hum...

*  *  *
“Y fósforo en el aire.
Agua.
Y tus heridas en mi voz.
Y a veces era como estar andando sobre suelos inacabados (precipicios forzados).
Y a veces era como no estar cuerdo,
como todo lo incorrecto,
pero, lo adecuado... mis caminos malos”.

*  *  *

Gracias a Marta fue posible que la canción levantara el vuelo. Y lo haría con alas de libertad.
–Muy distinto a todo cuanto he hecho hasta el momento –me confesó Nacho.
Quien añadió:
–Mi idea es que sean los arpegios y no los golpes rítmicos de los acordes los que abran la canción. Los arpegios irán subiendo el tono, como imponiendo su ley. La ley y el desasosiego que impone lo inesperado. La rabia. El dolor.
Me gustaba la sencillez de su propuesta, porque era tan real que no necesitaba más adornos. Le animé para que continuara su trabajo.

SÁBADO, MEDIODÍA

Nacho acudió a mi estudio (llamo así a la habitación donde leo, escribo, sueño...) con su inseparable guitarra. Sus ideas, al parecer, estaban muy claras y pretendía demostrármelas.
Carraspeó.
La voz... (el artista me pidió disculpas, porque estas horas, después de una noche de divertido viernes –según él– no son las más adecuadas). Sin embargo, sé que, hoy como ayer, su voz seguirá siendo la mejor tarjeta de presentación para demostrar su peculiar estilo; su mejor herramienta para expresar sus sentimientos.

 

Nacho, en silencio, afinó su guitarra. Y, después, comenzó su interpretación para mí con unos rasgueos prolongados, melancólicos... Tras unos minutos se detuvo y, desde el interior de la funda de su guitarra, extrajo un papel con la letra provisional de la canción.
–Creo que esta canción ya no se me resiste. Me sale del corazón. La música, la letra... No sé, es como si me pidiera a gritos que la saque de dentro. Que la presente al público para... No sé. Para que sea admirada o criticada. En fin, escucha. Sería, más o menos, así.

Los arpegios que surgieron de la guitarra de Nacho Álvarez erizaron mi piel. La envolvieron con esa sensación que acompaña a todo gran acontecimiento, porque acontecimiento es –al menos para mí– ser un testigo privilegiado del nacimiento de una obra. Ver, oír, tocar, oler, saborear..., sentir, en definitiva, la vida latiendo dentro de un libro, un lienzo, una piedra, una partitura. La creación... ¿Existe algo más maravilloso? ¿Más humano?

 

“A veces no sé donde están
las cosas que tienen que estar en su sitio.
A veces me paro a pensar
y suele ser proporcional a todo lo perdido
y... mis sitios vacíos...”.

Parecía triste. Y, sin embargo, es de humanos  errar  y  levantarse.  Rellenar los huecos vacíos. Pensar...

*  *  *
“Y dime  dónde  estabas  cuando todo se caía,/ cuando nuestros rascacielos eran torres de cerillas, / cuando nos llegaba el miedo, /cuando nos metían prisas, /cuando ya no había nada más que humo”.

*  *  *

Nacho Álvarez se detuvo para explicarme:
–Observa que en esta última parte son los acordes los grandes protagonistas, al mismo tiempo que intensifico la voz. Mi pretensión, así, es llegar a resolver el problema con fuerza, aunque al final es la soledad la que se impone.

*  *  *
“Si sólo queda humo en nuestras manos
creo que, hoy, hay una reunión
     de perros y gatos.
Si solamente quedó lo que arrastramos...
A veces, no tengo nada que decir.
                A veces..., no quiero decir nada”.

*  *  *

Al terminar:
–Ya está.
Y como pidiendo clemencia, llevó su mirada al suelo, esperando, tal vez, que yo rompiera el silencio. No lo hice. Porque... bajo el acompañamiento musical, todavía seguía manteniendo y disfrutando en la memoria el regusto del último verso.
“A veces..., no quiero decir nada”.
¿Nada? Pero..., si lo dice todo y, además, lo dice al ritmo que impone un corazón... roto.
De inmediato sentí mi crueldad involuntaria, golpeándome, y reaccioné:
–¡Te felicito, Nacho! Me parece una canción extraordinaria. ¡Enhorabuena!
Nacho me miró como si pensara: “¿lo dices en serio?”. Y yo insistí:
–De verdad, te felicito. Los lectores de la revista CAMPARREDONDA recibirán, sin duda alguna, un gran regalo.

 

ARREGLOS Y SESIÓN FOTOGRÁFICA

La canción Torres de cerillas se hizo realidad, sí, pero... Tuvieron que pasar varios días para que el músico se decidiera a darle una forma definitiva. Y aun así...
Mientras tanto madurábamos el soporte más conveniente en que la recibirían los lectores de CAMPARREDONDA. Nos decidimos por un mini-CD. Y, entonces –pensamos–, ¿qué portada llevaría? ¿Una fotografía? ¿Una ilustración? ¿Un...?


 

Después de descartar varias propuestas, pensamos que la fotografía sería lo más conveniente para la portada del mini-CD. Por lo que un buen día (con mucha luz), Nacho recogió su guitarra, y yo mis cámaras fotográficas, varios objetivos y filtros. Salimos a la calle. De todas las fotografías realizadas (más de doscientas) seleccionamos una veintena (algunas de ellas ilustran este reportaje) y de estas escogimos la definitiva. La fotografía del fondo y contraportada fue seleccionada de una colección de más de tres mil (la puerta de una vivienda de un pueblecito de Palma de Mallorca, con un encanto especial).

 

VERANO/INVIERNO DE 2007

A principios del verano, Nacho Álvarez comenzó a componer canciones para su nuevo EP, sin descuidar, como es obvio, los arreglos de la canción Torres de cerillas. En cuanto hacía alguno nuevo me lo comunicaba, por lo que yo, de nuevo, me sentía un privilegiado. Insisto: nada es más bonito e interesante en esta vida que ser el testigo activo de una creación.
A lo largo del otoño, y parte del invierno, aprovechando fines de semana completos, el músico decidió acudir al estudio de grabación para registrar sus primeros temas. Los temas que se incluirán en su EP titulado Azul libélula. Durante este largo período yo quise quedar al margen para que, al lado de su banda, pudiera hacer y deshacer a su gusto.

LA GENEROSIDAD DEL ARTISTA

A final del año, Nacho Álvarez me comunicó por teléfono una muy grata noticia para mí: “Después de haberlo pensado con detenimiento, y a la vista del gran proyecto cultural CAMPARREDONDA, que lo es –me dijo–, para el disco de la revista, si así lo estimas oportuno, te entregaré todas las canciones que se incluirán en mi nuevo trabajo, y cuatro más: dos del EP El calor de tus manos, y dos más del EP Jardines olvidados”.
Por supuesto que lo creí oportuno, ¡cómo no!, aunque ello implicaría volver a cambiar de planes: definitivamente el soporte a emplear para la revista sería el CD.

NUEVA MUESTRA DE GENEROSIDAD DEL ARTISTA. PRIMICIA Y EXCLUSIVA

El disco de Nacho Álvarez, a lo largo de los últimos meses, iba teniendo consistencia. Y cada uno de sus músicos iba poniendo su granito de arena.
Nacho Álvarez decidió que grabaría la canción Torres de cerillas tan sólo con el acompañamiento de su guitarra: “un homenaje a la creación en su estado más puro” –me dijo.
Mientras tanto, en el resto de los temas, David Franco (violín), Alberto Álvarez (percusiones),  David Nieto  (bajo  eléctrico), Fabián Díez  (voces y guitarras), y Diego Cabero (clarinete) iban poniendo su granito de arena.
A principios de año, Nacho Álvarez volvió a sorprenderme con su generosidad: “en mis conciertos, hasta que no se presenten las publicaciones de CAMPARREDONDA, no estrenaré la canción Torres de cerillas”. Y, por si fuera poco, añadió: “pensaba incluir esta canción en Azul libélula, mi nuevo trabajo, pero no. La canción Torres de cerillas la llevará solamente el CD para tu revista”.
De esa forma tan generosa, Nacho Álvarez ofrecía al proyecto cultural CAMPARREDONDA –un proyecto sin ánimo de lucro– una primicia y una exclusiva. ¡Todo un lujo!

 

Gracias a esa generosidad, los lectores de esta publicación disponen de un disco único, especial para coleccionistas. El disco de un gran artista cuyas canciones, lo puedo asegurar, mientras más se escuchan, más te agradan.

TEXTO Y FOTOGRAFÍAS:
© GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑON

 

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