Escrituras como la de Tomás Sánchez Santiago son poco frecuentes pero, una vez leídas, necesarias. Sedimentan en la mirada de quien llega a ellas un poco de nostalgia, algo de tristeza y una profunda comprensión del mundo que existe de forma anónima pero que nos sostiene acaso sin que nosotros seamos conscientes de ello. La voz que da personalidad a estos textos que buscan en la brevedad una forma de intensidad en la mirada circula por el territorio de la cercanía; cercanía con el lector que parece verse atrapado por el vértigo de una conversación incipiente que se le propone y cercanía con las personas, los objetos, los recuerdos y los hechos cotidianos que protagonizan estos “pormenores”. La primera parte de este libro traza un recorrido que saca a la luz parte del álbum familiar de los recuerdos. Desde la imagen de la casa familiar y la muerte de los abuelos a la dolorosa secuela de las despedidas pasando por el emotivo texto dedicado al “tobogán”, sólida reflexión que parte del mundo cercano de los juegos de la infancia como pasadizo a las encrucijadas decisivas de la vida, el lector parece asistir a una forma de ensimismamiento. El ámbito de lo privado abre las puertas a lo público del lenguaje: narrar los espacios propios a través de una memoria que lo tizna todo de una trascendencia insospechada es una forma de (re)presentación. Aquí está la voz entregada que, de paso, parece llevar aparejada la invitación a abrir los corredores que miran a las calles que una vez también fueron nuestras.
La sección central “Lumbre baja” plantea un cambio en el objeto contemplado. Son ahora los pequeños sucesos diarios los que asumen su protagonismo. Aparecen a modo de mosaico vital reflexiones que nacen de una lectura, pequeñas rendijas por las que se atisba el dolor de tragedias cercanas como “La piedad pequeña”, “Ella” o el texto “Uno que no descansa”, hermano gemelo del poema homónimo que aparece en El que desordena. También se observa una conciencia vigilante con el lenguaje que se puede ver en textos como “Cursos de verano”, “Consumición”, “Ben Trovato”, “Un restaurante canario”. A veces esta reflexión sobre el lenguaje proyecta una veta lúdica como la constatación del letrero: “Carnicería Mero” pero en otras se comprueba la denuncia de ciertos usos lingüísticos que pretenden camuflar o falsear una realidad: “La derrota del suicida”, “El arma cargada de futuro”, “El lenguaje al vacío”, “Las ilusiones onomásticas”. En esa dualidad mirada/lenguaje se observa el trabajo de un planteamiento ético que busca dar voz a las cosas que veloces atraviesan nuestras vidas. Parece que esa palabra cercana nos insta también a mirar de manera pausada, a leer los hilvanes de las gentes con las que se comparte un parque, un comercio, una calle, en definitiva los reinos de la precariedad cotidiana.La tercera sección vuelve sobre lo propio. Si en la primera parte se recuperaba un tiempo ya ido, ahora la escritura se asienta sobre un espacio presente: la ciudad propia. Surgen entonces los escenarios cercanos como los árboles en la ribera del Duero, las luces del puente, las tardes que caen, etc. Junto a esa mirada que se consuela con la magia de los calores estivales, que pienso podría hermanarse con el espíritu de la poesía de Claudio Rodríguez o Eugenio de Andrade, surgen otras cuñas en las que la fantasía marca una deriva narrativa apenas esbozada. Me refiero a textos como “Ravel en la ciudad”, que pueden ponerse en relación con otros como “El día que Lorca entró en la tienda” o “Una muchacha y una maleta”, que aparecen en su novela Calle Feria y que hablan del paso por Zamora de Lorca y de la pintora de Toro Delhy Tejero. También en esa mirada sobre el presente cabe la denuncia, la crítica hacia el poder que desoye la opinión de la gente o hacia las prácticas pseudorreligiosas que enquistadas parecen hablar de otros tiempos y otras actitudes. Es tentador también establecer otro vínculo entre “Sastre en el sillón del barbero” y aquel otro texto titulado “Los misteriosos caminos de la memoria” incluido en Para qué sirven los charcos, libro también de intensas brevedades, en el que se narra el origen de la preocupación por el lenguaje. La contemplación de unas palabras escritas al revés, que al ser reflejadas cobran súbitamente sentido, muestran bien a las claras la preocupación por el lenguaje, no una preocupación de sesgo intelectual sino puramente vital y también ética.
Esa relación vital con las palabras explica el texto “Días felices” que recoge las palabras de Samuel Beckett: “Sé previsora, sé previsora para el día en que las palabras te abandonen”; en ese bastidor se inscriben también otros versos de su libro El que desordena, titulados “Nuevas preocupaciones”, que se inician con el inquietante: “Ya no sé dónde dejar las palabras”.Acaso sean muestras de la disposición para aprender a callar. Quizás sea, por otra parte, una de las lecciones de esta escritura cercana: salvar las palabras y las miradas que contemplan aquello que bulle sin grandes sobresaltos: la “lumbre baja” de las historias que hacen que todo tenga sentido. Soterrada en ese medio tono que no construye grandes filosofías sino que se afianza en la fuerza renovadora de los fragmentos, discurre la figura del escritor que esquiva las sentencias fáciles que igualan literatura y ficción. El lenguaje como herramienta para apresar y expresar unas pocas verdades, un catálogo de ciertos asideros en el mundo que son insobornables. No hay narradores que distorsionen la vida. Es la voz en el ágora pública que humaniza las relaciones. Se trata de un ejercicio de aparición y desaparición que cifra perfectamente un texto como “Identidad”: “Que todos te conozcan pero que nadie sepa quién eres. Doblez legítima de quien sólo aprendió a pisar con reservas para que no se oiga el crujido de los pasos”. Todo parece destilar un placer por hablar y también escuchar: las señas de identidad de la cercanía en un mundo de ruidos y prisas, de números y expedientes que ordenan la costumbre.
JOSÉ MANUEL TRABADO CABADO