Vista desde el interior de aquella galería y teniendo la iglesia de San Francisco como mástil, la ciudad de Astorga parecía ser un gran barco anclado en medio del océano verde de una espléndida primavera. Nos sentamos. Frente a mí, un cerezo enrojecía sus frutos por la fuerza y poder de su fructífera savia. Un poco más lejos, dos jóvenes con el torso desnudo se afanaban en buscar las cosquillas a la tierra fértil de la huerta colindante a su casa. Y se respiraba una paz inmensa en el reloj que marcaba los pasos de aquella mañana radiante. Había tanta paz a nuestro alrededor que un gato (negro y blanco), encima de una silla de madera, dormía enrollado como si fuera una madeja de lana. Castorina, de pronto, dudó. Y su duda, que podría ser razonable, terminó siendo una simple anécdota dentro de su gran historial artístico y, sobre todo, humano.
Castorina, aquel día, me entregaba algo más que unas cartas manuscritas. Castorina me entregaba su voz, la voz del alma, con todos sus matices: el amor inmenso de una madre, la pasión, el dolor, sus recuerdos...
“Tus cartas, Castorina, ayudarán a esas personas que, como tú, hayan padecido similares sobresaltos de la vida. No lo dudes, porque la escritura será un buen remedio para calmar ese gran vacío que lo cubre todo” –le había dicho con insistencia en los últimos meses.
–Eso espero. Y con ese único fin te las entrego. Pero...
Castorina seguía dudando.
La tranquilicé, invitándola a leer sus cartas. Y su voz me sorprendió con un reguero de lágrimas.
–Querido Óscar...
Óscar se fue en el año 1988, llevando en su maleta dieciocho años recién cumplidos. Y, desde entonces, sus recuerdos se afanan en seguir vivos en cada momento, con cada respiración.
Las cartas que Castorina me entrega para su publicación (nueve en total) son una selección de las muchas que le escribió a Óscar, su hijo. Y todas –los dos estamos convencidos– fueron recibidas e incluso contestadas a vuelta de correo: con el cambio de estación, con cada gota de lluvia y copo de nieve; con cada rayo de sol y soplo de viento.
Las cartas que se incluyen en este libro poseen mucho amor, pero también el encanto de lo cotidiano y la música de la poesía más cercana. El lector, así, se va a encontrar con frases tan bonitas como estas: “La cigüeña firma en el cielo rúbricas caprichosas antes de posarse en el nido”, “Cuando las faenas terminaban se sentaba al lado del fuego, en un sentajo bajo, y acariciaba el gato marrullero y manso” o “Cuando el sol se escondía y entraba el cierzo lamiendo el lomo del monte, las gentes se iban retirando y la fiesta de Herminia terminaba”.
Castorina, en un alarde de generosidad, me autorizó, también, a reproducir varios de sus cuadros, algunos de ellos realizados, con todo su cariño, para homenajear la memoria de su hijo. Yo, únicamente, poseía un torrente de lágrimas para ofrecerle como agradecimiento.
Que el lector, finalmente, juzgue el contenido de esta voz escrita, tan humana y sincera como beneficiosa.
¡Qué gran regalo!
© Gregorio Fernández Castañón
Escritor. Fundador y director de “Los Cuadernos de Plata” |