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EN EL CORAZÓN DEL VIEJO BELCHITE

“En el nombre de Cristo y en el de su Divina Clemencia: a saber, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo Yo, Ildefonso, por la Gracia de Dios, Emperador, hago de esta carta de liberación a todos los hombres que habitan en Belchite y en todas las tierras que pertenecen a la honor de Galindo Sanz (Galin Sangic) poblados por él, o que antes hubiera sido poblado”.

De la Carta Puebla. Alfonso I, Rey de Aragón y de Navarra (1104-1134)

 

Belchite: 18 de junio de 1809… (Guerra de Sucesión). Belchite: 4 de marzo de 1838… (Guerra Carlista). Fechas para olvidar, pero, tras las batallas, este pueblo zaragozano siempre logró superar las adversidades. Cinco mil almas vivían allí en el año 1937, hasta que… le tocó con excesiva violencia la Guerra Civil Española.

Belchite, anterior a la Guerra Civil Española. Destaca la silueta de la iglesia de San Martín de Tours

Desde el 24 de agosto de 1937 hasta el 6 de septiembre… Trece días fueron suficientes para que el pueblo de Belchite quedara parcialmente destruido. Además no hay que olvidar que en él, entre heridos y muertos, se contabilizaron como “bajas” cerca de 3.000 personas.

Vista del viejo Belchite en la actualidad. Al fondo, iglesia de San Martín de Tours.      Fotografía: G. Fdez. Castañón
 Entrada de las tropas republicanas por el Arco de la Villa hacia la calle Mayor. Fotografía: se desconoce su autor
Vista del Arco de la Villa (al fondo) y parte de la calle Mayor del viejo Belchite.
Esta fotografía, con respecto a la imagen superior, se realizó, a propósito, desde una perspectiva más lejana con el fin de dejar constancia del estado de este enclave en el momento actual.
 

Fotografía: Víctor Fdez. del Río

 

  Fotografía: se desconoce su autor     Fotografía: Víctor Fdez. del Río
Mismo edificio: a la izquierda con las primeras heridas mortales y, a la derecha, en la actualidad. Obsérvese cómo el edificio anexo (el de su izquierda, que era el Ayuntamiento) ha desaparecido por completo y, también, el cambio tan drástico que ha sufrido la calle.

PREÁMBULO I

Que no pretendan justificar lo injustificable, porque todo asesino es responsable de sus muertos. ¿Y ahora? Que nadie me diga que el viejo Belchite es un pueblo fantasma o un pueblo maldito. Nunca lo fue. No lo es. Sólo los hombres fríos y sin escrúpulos son capaces de llegar a una tierra en paz y dejar su veneno esparcido entre los ecos del viento. Destruyen y, si sobreviven a su propia maldad, se van a otro lugar a contar su “batallita” para, al instante, si pueden, comenzar de nuevo con su particular exterminio. Da igual que hablemos de “guerra” o en “son de paz”. Aquellos justifican su “causa” apretando los gatillos que escupen balas mortales, y éstos, los más cercanos a nuestros días, se creen héroes por manejar un simple spray de pintura. Las balas –lo sabemos– no tienen conciencia y dejan arañazos irreparables en todo cuanto tocan: desde cuerpos inocentes hasta el palpitar de un monumento o de una calle. Los garabatos sobre las paredes perjudican igualmente; insultan a la inteligencia y hacen mucho daño a la unidad y a la belleza. En el viejo Belchite he sentido la muerte muy de cerca y he visto el rencor, todavía, a pesar de haber transcurrido setenta y cinco años desde el inicio de aquella guerra incívica. “Así terminarán todas las iglesias”, “Antikristo”, “Fachas hijo putas” o, entre otras, “Este es el precio x apoyar a Franco” –se puede leer, aquí o allá. También he encontrado los dedos de Satán por encima de las pinturas cristianas machacando la poca vida que aún subsiste entre las piedras. El amor… jamás, jamás se demuestra ensuciando una pared; es algo tan inexplicablemente divino que solo se entiende con la voz pura del poeta que llevamos dentro. ¿Y la basura? ¿Qué se puede esperar de los que dejan, a su paso, sus señas de identidad? (¡Guarros, más que guarros!).
Si no hay respeto alguno, si nada nos importa, si creemos que nuestra “verdad” es la única, si acusamos al contrario sin reconocer nuestros errores, si nos creemos “dioses” inmortales por enarbolar un trozo de tela, o si…, ¿no estaremos iniciando de nuevo la cuenta atrás?

Belchite: Arco de la Villa y Calle Mayor.
Izquierda (se desconoce su autor), en plena contienda. Derecha (fotografía de G. Fdez. Castañón), el mismo escenario, en la actualidad.

 

PREÁMBULO II

La destrucción de Belchite se inició por la sinrazón de unos pocos. Llegaron los primeros a buscar a los segundos y se liaron a tiros. Más tarde, los aviones, los cañones, las ametralladoras… Ni unos ni otros dieron valor a la vida de los que allí habitaban. Y la vida y la historia se vistieron de sombras, y las calles se llenaron de sangre. Los cadáveres se arrojaban por los barrancos o al trujal (la presa donde días antes se machacaba la aceituna) o servían para realizar trincheras improvisadas; sólo cuando el hedor se hacía insoportable procuraban darles sepultura. Esa fue la realidad, resumida en unas líneas.

- Bombardero SB-2 (“Katiuska”) sobrevolando a un grupo de soldados en las inmediaciones de Belchite.

- Origen de esta foto: Archivo General de la Administración (Ministerio de Cultura).

El 10 de marzo de 1938 volvieron los segundos a reconquistar de nuevo el pueblo. Y dicen que ganaron la batalla de Belchite y hasta la guerra. El jefe de los jefes concedió cruces laureadas a las ruinas (“símbolo de su victoria”) y prometió la construcción de un nuevo pueblo que, como es fácil de entender, llevarían a cabo los prisioneros del bando derrotado. ¡Quién si no! Allí, en las tierras de Belchite, se pueden ver, todavía, los barracones. Todo un campo de concentración donde malvivían los obligados “constructores” (más de mil), sufriendo en su piel un trato inhumano, la explotación, el odio, el máximo desprecio... Así de cruda es la realidad de una guerra y sus consecuencias; no hay que olvidarlo.
Al viejo Belchite le han hecho también mucho, pero mucho daño, los “cazafantasmas”; ese tipo de personajillos, no profesionales, que, sin escrúpulo alguno, van con su cámara fotográfica o con su magnetófono hasta las ruinas, ven una mancha en la pared o graban los quejidos del viento y lo “venden” como el alma atormentada y errante de uno de aquellos muertos. ¡Bah!

Fachada de la iglesia de San Martín de Tours antes de la última restauración, efectuada en el siglo XIX, y en la actualidad (las columnas son los elementos arquitectónicos más destacables de esta restauración). Fotografías: Palacio y G. Fdez. Castañón, respectivamente.

DE FRENTE, BELCHITE Y MIS PORQUÉS

Lo reconozco: más que ganas, tenía necesidad de empapar mis sentidos con la paz que se respira en este escenario de guerra. No. No voy a negar que subsiste allí algo inquietante, difícil de explicar. Algo así como si alguien escondido a tus espaldas estuviera pendiente de tu respiración, de tus actos, de tus pasos. Y ahora mismo, cuando escribo estas líneas, me pregunto: ¿por qué éstos, mis pasos, me llevaron primero hasta el convento de San Agustín? Mi intención, lo aseguro, era otra muy distinta: detenerme a las afueras e iniciar, desde lejos, el reportaje fotográfico. De hecho, me fui de allí sin disparar una sola fotografía al conjunto del pueblo. ¿Por qué? ¿Por qué, me pregunto miles de veces, si mi intención era esa desde un principio?

Izquierda, Convento de San Agustín. Derecha, bóvedas y cubiertas del mismo arrasadas por las bombas y por la dejadez humana.
Fotografías: G. Fdez. Castañón

El convento de San Agustín está emplazado en el frente Norte del viejo pueblo. De estilo barroco, fue edificado en el año 1716. En este convento se impartieron estudios de Filosofía y Gramática hasta la desamortización de Mendizábal (1835). Con la Guerra Civil… estremece ver sus huesos expuestos a la intemperie, y también… ¡Oh! ¿Por qué no estalló un obús, clavado en su torre? ¿Por qué? 

  Fotografía: R. Blanco

El convento de San Agustín posee, todavía, importantes muestras artísticas. Y, mires por donde lo mires, encuentras motivos suficientes para arroparlo con cariño. Estás tan embelesado viendo los detalles y hasta el cielo azul (intenso aquel día) que hasta que no das la vuelta, retrocedes tus pasos, y ves a través del hueco de la puerta la realidad a contraluz, no crees estar en un escenario de guerra. Y lo estás, claro que sí, porque las casas derruidas, en frente, lo corroboran. ¡Qué gran catástrofe! En el viejo Belchite había vida. Y ahora, tan sólo la muerte parece que le sigue acompañando. ¿Por qué?

Fotografía: G. Fdez. Castañón

 

 

 

Diversas vistas del viejo pueblo de Belchite, en la actualidad. Queremos destacar, sobre estas líneas, uno de los palacios renacentistas situados en la Calle Mayor
  Fotografías: Víctor Fdez. del Río y G. Fdez. Castañón

“Caminar por las calles del viejo Belchite…”. En la fotografía uno de nuestros reporteros gráficos.       
  Fotografía: G. Fdez. Castañón

Caminar por las calles del viejo Belchite es encontrarte con la soledad más absoluta. Esas oquedades que un día fueron ventanas; aquellas puertas que nada cierran, o que han sido tapiadas para sujetar el avance de las ruinas. Los cascotes, en la orilla, esperando un no se sabe qué y preguntándose “¿hasta cuándo?”. Balcones de forja, arcos pétreos o de ladrillos, aleros artísticos de madera…  

  Fotografía: G. Fdez. Castañón

El viejo Belchite fue un pueblo importante en todos los sentidos. Mudéjar, para más señas: se percibe en sus monumentos y en sus calles, estrechas para preservarse del sol, y se percibe en sus viviendas (hechas en tapial y reforzadas con ladrillos), así como en la pintura empleada en las mismas: encalados en tono azul cerúleo, ribeteando puertas y ventanas. Belchite fue grande también por el número de industrias que poseía: basta decir que en el año 1784 disponía de 25 fábricas de telares, dos de sombreros, una de aguardiente y otra de jabón. El pueblo tenía, además, varios palacios renacentistas, plaza de toros, cines y hasta un café-teatro, cuyos restos, todavía hoy visibles, son conocidos por La Torre del Reloj (restos pertenecientes a la vieja iglesia de San Juan, siglo XV).

Calles muy estrechas..., la Torre del Reloj.
  Fotografía: Víctor Fdez. del Río

Cerca de La Torre del Reloj se encuentran otros dos edificios destacables: la iglesia de San Martín de Tours (ver fachada en la página 26) y el convento de San Rafael.
La iglesia de San Martín de Tours, cons-truida a principios del siglo XV, posee diversos estilos con motivo de sus múltiples ampliaciones y restauraciones. En su origen se trataba de una iglesia gótico-mudéjar, con ábside poligonal y una nave única cubierta con bóvedas de crucería. Se observan, también, arcos del renacimiento, y sus capillas laterales se hicieron al más puro estilo barroco. La torre, de planta cuadrada, adosada al lado meridiano, tiene una estructura de alminar almohade, con machón central.

Dos detalles de las ruinas de la iglesia de San Martín de Tours. En la fotografía de la derecha sobrecoge la luz que atraviesa las bó-vedas por los tres huecos dejados por las bombas en la guerra.
  Fotografías: G. Fdez. Castañón

Para admirar las ruinas del convento de San Rafael no es necesario abandonar del todo la iglesia: desgraciadamente, uno y otra se comunican y se unen a través de sus heridas mortales.

El convento fue inaugurado el 2 de enero de 1781, y el 24 de septiembre de ese mismo año se abrieron las escuelas, regentadas por las Madres Dominicas. Su iglesia, dedicada a San Rafael, se construyó años antes, en concreto entre 1745 y 1777. En la actualidad todavía se percibe su esplendor gracias a las columnas, capiteles y arcos que, por increíble que parezca, se mantienen en pie.
 

Arriba: a la izquierda, las ruinas del convento de San Rafael, vistas desde el interior de la iglesia de San Martín de Tours.
A la derecha, detalle del interior del Convento de San Rafael.
Fotografías: G. Fdez. Castañón

Son muchos los lugareños que recuerdan con agrado las enseñanzas recibidas entre estas paredes, ahora a merced y a capricho de las fuerzas naturales: lluvia, viento, maleza… Sin embargo, ya no hay vuelta atrás. En su patio, y  a la salida de la escuela, las niñas jamás podrán volver a cantar, como era habitual, estas coplas (recogidas por el escritor Julio Martín Blasco):

Adelante, compañeras,
con tesón y rectitud,
avanzad en la carrera
de la ciencia y la virtud.
Aunque el vicio nos reclame,
aunque la ignorancia brame,
marchad, marchad, marchad,
hacia la sabiduría.
Cada día, progresad.

¿Por qué no examinamos, con detenimiento, la letra de esta canción? Tesón, rectitud, carrera, ciencia, virtud, sabiduría, progresad…
Y ahora, ¿por qué no examinamos las consecuencias de una guerra, sabiendo de antemano que todo, en ella, es negativo: muerte, destrucción, ¡al carajo el progreso!, odio, venganza, esclavitud, violaciones, explotación y un largo etcétera? ¿A quién le interesa una guerra?

DE LIBRE INSPIRACIÓN
En el viejo Belchite las ruinas te miran de soslayo, interrogándote. Sus calles fueron regueros de vida que ahora reciben la tuya con la esperanza de que sigas haciendo algo (mucho) por mantener la tierra libre de sangre. No. Allí no encontré ni voces, ni risas, ni música, ni siquiera otro tipo de sonidos que me sobresaltaran. Escuché, eso sí, el silencio en paz, aunque los atronadores ecos de la metralla estén escritos en los revoques de ciertas casas, en las bóvedas y en las bodegas, en los tejados, en los dinteles de las puertas o, incluso, en los templos del amor (nunca; que nunca jamás una bala destruya la esperanza de seguir alimentando el futuro).
 

Ecos de metralla en los revoques. El muñón oxidado de la fuente…    
  Foto: Víctor Fdez. del Río

En la Plaza Nueva me detuve un momento para llenarla de vida, aunque el muñón oxidado de su fuente refleje todo lo contrario. A su vera fui capaz de percibir el bullicio de lo que un día fue, y hasta logré que el agua cristalina volviera a llenar los cántaros de utilidad. Creedme (¿por qué habría de mentiros?): el viejo Belchite, todo él, es un espejo en el que mirarse. Incluso, porque la emoción es libre, si queréis, podéis llorar pensando en los que allí lloraron, y vuestras lágrimas, entonces, regarán los trigales o los almendros en flor y las raíces de los olivos (a mí, que soy de lágrima fácil, no me importó dejar las mías por aquellos campos). ¿Y el odio? En el viejo Belchite sólo encontré una pequeña sombra de él entre los garabatos de aquellos que todavía no son capaces de valorar los pros y los contras de sus ideas respetando, como es obvio, las del contrario. Son pocos, afortunadamente, y las reglas de una democracia duradera son para todos. La verdad, allí, en el viejo Belchite, encontré mucho juego para ensalzar la paz.

La única pintada del viejo Belchite que se “salva”. Y es así porque está escrita en una chapa, a la entrada de la iglesia de San Martín de Tours, sin dañar las ruinas del monumento, y porque su voz te llega al alma. Sí, desgraciadamente, ya no rondan los muchachos, ni se escuchan las jotas: el silencio fue impuesto por la fuerza de las armas. Fotografía: G. Fdez. Castañón

 

Respirar en el corazón del viejo Belchite… duele. Y duele el dolor que se respira. Duele el aire y duele el cielo. Duele la tierra rota y seca, y duele el silencio y la ausencia de los niños. Duele, sí, pero… nunca es tarde para reparar tanto dolor si hay amor por medio.
Ojalá, ojalá que el viejo Belchite sea el último escenario de guerra, y ojalá que se consoliden sus ruinas para leer en ellas la grandeza de la paz.
¡Ojalá!
Mientras tanto…


DE LOS RECUERDOS TAMBIÉN SE VIVE (aunque duelan).

Quería terminar este reportaje dándole un enfoque humano. Quería contar con la participación de alguno de aquellos niños que, prodigiosamente, se libraron de ser la diana de una bala o pasto del hambre. Desistí, lo confieso, después de ver en un vídeo cómo dos de ellos, ahora par-te de un grupo de octogenarios, se enfrentaban, todavía, por un “ponme o quítame” aquel muerto. Sus explicaciones y sus “salidas de tono” me daban náuseas. «Hermanos de tierra y, sin embargo, eternos “enemigos”. Por favor… Más enfrentamientos no –pensé–, y menos de ustedes que vivieron en primera persona las consecuencias de aquel horror». «¿No ven a sus espaldas las ruinas de su pueblo y, por extensión, las ruinas de sus casas, las de su familia y las de sus vidas? ¡Ya está bien, señores! –les hubiera dicho de haber estado presente–. ¿Por qué no se olvidan ustedes de afilar las uñas y recuerdan, con cariño, su Belchite vivo, lleno de gente?».
 

- Belchite (antes de que le llamaran “viejo”):
seminario (1900).
- Arco de San Miguel o Portal del Pozo (1925).

Con rapidez cambié de tercio. Y lo que hice entonces fue buscar fotografías de un viejo Belchite sin heridas de metralla, y también los testimonios, más tranquilos, de los herederos de la guerra (segunda o tercera generación). Encontré unas y otros. Ahora bien, tras llamar a diversas puertas, creí oportuno quedarme con un nombre propio: Joan Manuel Serrat, una persona y un artista al que respeto y admiro por igual.

Soplaban vientos del sur /y el hombre emprendió viaje./ Su orgullo, un poco de fe / y un regusto amargo fue / su equipaje.

Miró hacia atrás y no vio / más que cadáveres sobre / unos campos sin color. / Su jardín sin una flor / y sus bosques sin un roble.

Las dos estrofas anteriores corresponden a la canción “Cotlliure” que Joan Manuel Serrat creó para homenajear al poeta Antonio Machado. Es posible que el artista se inspirara en la memoria del viejo Belchite, pueblo en el que nació su madre, Ángeles, y en el que vivían sus abuelos. Es posible, porque nunca escondió sus raíces: «se puede trabajar con la ternura sin ser cursi –le dijo en una ocasión a Joaquín Carbonell, cantautor, periodista y escritor aragonés–; se puede contar a una chica que la lumbre del hogar es el sitio ideal de una casa para vivir el amor; que en Belchite “de todos tus hermanos que murieron en la guerra” acunaban a tu madre en un paisaje violento y helador». Y, por si había alguna duda, en una entrevista que le concedió al periodista Juan Cruz, se sinceraba de la siguiente forma, hablando de su “Canción de cuna”: «yo sólo quería hacerle un homenaje a mi madre, a la tragedia de una mujer que vive toda su vida caminando, y toda su vida la pasa mirando hacia atrás... Nace en un pueblo de Aragón, en Belchite; se muere el novio antes de la boda; sale del pueblo para trabajar en Barcelona; estalla la guerra cuando está en Barcelona; fusilan a su padre y a su madre; treinta miembros de su familia son ejecutados, asesinados en el pueblo; ella se dedica durante la guerra a recoger niños y a viajar con ellos por toda España, de arriba a abajo; vuelve a Barcelona; se casa con mi padre; vive la tragedia de todos los años de la posguerra, la escasez, el miedo, la persecución...; mi padre había salido de un campo de concentración, y, en fin, tiene un hijo en el que fija absolutamente todas sus esperanzas, espera superar con él toda una vida de tragedias y de decepciones... Para ella, resulta que el hijo es un buen estudiante, pero que se busca complicaciones en el franquismo...».
Esta es la canción, bilingüe para más señas (español y catalán), que escribe para su madre:
Por la mañana rocío, al mediodía calor, por la tarde los mosquitos: no quiero ser labrador.

Y yo que me dormía en tus brazos con la boca pegada a tu pecho. El amor de un hombre nos había unido antes de la mañana de invierno en que nací. El viento no puede llevarse el recuerdo de aquel tiempo cuando te quitabas el pan para darme mantequilla.

Por la mañana rocío...

Canción de cuna que entonces ya me hablaba de mi abuelo que duerme en el fondo de un barranco, de un camino polvoriento, de un blanco cementerio, y de campos de uvas, de trigos y de olivos. De una virgen en un altozano, de caminos y atajos, de todos tus hermanos que murieron en la guerra.

Por la mañana rocío....

Eres hija del viento seco y de una enjuta tierra. De una tierra que nunca has podido olvidar a pesar del largo camino que te obligaron a andar tus hermanos de sangre, tus hermanos de lengua, y todavía quieres morir escuchando alionines cubierta por el polvo de aquella pobre tierra.
Por la mañana rocío...

Orgulloso con el resultado, el artista añadió: «Con esa canción traté de darle un beso a esa mujer que, a pesar de todo lo que había ocurrido, seguía soñando con su pueblo. Acaso no hacemos otra cosa que soñar con la niñez, que debe ser el único tiempo feliz de nuestra vida…».
Ay… la niñez: «Recuerdo perfectamente el primer día que fui a Belchite, con cinco o seis años, de la mano de mi madre. Me llevó en el tren de Utrillas en cuanto se atrevió a superar aquel recuerdo tan desgarrador. Fuimos andando desde la estación al pueblo viejo y me veo cruzándolo. Había una iglesia derruida y un par de calles más. Recuerdo la acequia y el trayecto que había desde el pueblo a la tahona, adonde iba por el pan».
Recuerdos vivos sí, pero… ¿y ahora?: «Es el decorado de la vida y una forma de ver el mundo. Una de las viñetas que más me impresionó es una de Schulz, la de Snoopy y Charlie Brown. Snoopy dice: “Me voy a dar una vuelta al barrio donde nací”. Regresa al cabo de un instante, Charlie Brown lo ve nostálgico y le pregunta por qué está triste. Snoopy, subido a su caseta, dice: “Han construido un parking sobre mi niñez”. Algo así me ha ocurrido».
Los recuerdos continúan para Joan Manuel Serrat: «A mi abuelo en su pueblo, en Belchite, jugando a eso de las corridas de toros, le llamaron “el Furo”, que poco más o menos quiere decir “el bravo”. Por lo visto el abuelo tenía casta. No lo llegué a conocer, lo mataron en el año 38 y su recuerdo ha quedado siempre en casa, como algo tan querido como era él. Fue un amor que nos han ido transmitiendo no sólo mi padre y mi madre, sino cada una de las gentes que lo conocieron».
 

- Belchite: arriba (foto: Palacio), la Antigua Casa de
la Villa (entre 1912/1915).
- La calle donde vivían los abuelos de Joan Manuel Serrat, la calle donde nació su madre. La casa se encontraba a la izquierda, muy cerca de donde pasan las mujeres (según informa Serratino Benjamín). De la casa de los abuelos de Serrat tan solo queda hoy un metro de escombros (fotografía realizada entre 1940/1942).

 En memoria de “El Furo”, su abuelo y también el secretario del juzgado de Belchite, Serrat escribió la canción “El carrusel del Furo”, cuyas primeras estrofas son las siguientes:

Cuando la llama de la fe se apaga, y los doctores
no hallen la causa de su mal, señoras y señores
sigan la senda de los niños y el perfume a churros
que en una nube
de algodón dulce
le espera el Furo.
Goce la posibilidad de alborotar el barrio...
Por tres pesetas puede ser bombero voluntario
o galopar en sube y baja el mundo en un potrillo.
Dos colorados
tengo
y uno tordillo.
Suba usted, señor.
Anímese.

 

Belchite: arco de San Román.

Por último, en la canción La abuelita de Kundera (correspondiente al disco Nadie es perfecto),Joan Manuel Serrat también se acuerda de su abuela y de Belchite. Lo hace así (trascribo tan solo las dos primeras estrofas):

La abuelita de Kundera y también la mía
conocían cada yerba y sus aplicaciones,
sabían lo que tenían dentro los colchones,
sabían leer el cielo y cocer el pan.

La abuelita de Kundera en su pueblo checo
y la mía en su Belchite y las dos sabían
que el cura era el confidente de la policía.
Nada tenía secretos a su alrededor.

Poco más se puede añadir a estas vivencias del artista, salvo que me parece muy bien, es muy positivo que, acordándose de Belchite y del dolor de tanta gente, su familia incluida, se sirva de ello para crear, para hacer poesía, para acercar la música a tantos oídos sordos. Al fin y al cabo, de los recuerdos también se vive, aunque duelan. Todo un ejemplo creativo.

COLOFÓN
Durante algo más de un mes estuve preparando y haciendo este reportaje, incluyendo la visita que realicé al viejo Belchite. Fueron muchas horas las que empleé en ello: revisando videos, libros y páginas en Internet, hablando con diversas personas (metiéndome donde nadie me invitó), haciendo y seleccionando fotografías propias y ajenas, y un largo etcétera.
De todo ello he aprendido y sacado conclusiones. La más importante: de la guerra líbrenos Señor. ¿Qué sería del viejo Belchite si no lo hubieran destruido? Por cierto, tengo que aclarar que hasta finales de los años cincuenta, del siglo pasado, seguían viviendo en él varias familias, y continuaba abierta al culto la iglesia del convento de San Agustín (en realidad, hasta el año 1964 Belchite no quedó definitivamente despoblado); es decir, para que se me entienda, el pueblo fue destruido por la guerra, sí, pero, junto a la climatología adversa y otras causas –robos, incendios, expolios…–, los propios lugareños lo fueron “arruinando” poco a poco –retirando tejas, maderas, piedras, etc.– hasta dejarlo tal y como se encuentra en la actualidad. ¿Qué sería del viejo Belchite si lo tenía todo y, además, tal y como indica su nombre, era un bello lugar? Esos monumentos todavía enamoran, y aquellas calles y plazas –viendo las viejas fotografías– tuvieron que ser rincones entrañables para vivir en buena vecindad, para… vivir en paz.
La paz también se construye, como se hace un libro, un poema, un cuadro, una escultura o una canción: lentamente, pensando en los demás. Respeta y serás respetado. Quiere y serás amado. Ríe, disfruta, canta, baila… y contagiarás tu alegría a todos cuantos te rodean. Por el contrario, ya se sabe, y todos me entendéis: “quien a hierro mata a hierro muere”.
Seamos creativos. Construyamos…

El sol, aquella mañana, impartía una severa justicia sobre el corazón del viejo Belchite. Las sombras de la destrucción, sin embargo, no necesitaban luz alguna para mantener su injusto dominio. Allí permanecían en el tiempo, extendiendo sus dedos como una pesadilla febril. Las paredes derruidas llenaban de tristeza las calles. Las gruesas vigas de madera, clavadas en los escombros, dolían como duele una espina clavada en el corazón. Entre ventana y ventana, alguien, sin escrúpulos, escribió con metralla un silencio atroz. Nada (salvo la hierba). Nadie. Nada esencialmente vivo: ni siquiera la astucia de los perros de humo para ahuyentar a los gatos de los tejados, ni el atractivo camuflaje verde de los árboles para los pájaros. Quiero decir que no fui testigo de juegos, ni de defensores de haciendas, ni de aleteos de palomas. Estaba solo y había paz, no lo voy a negar. Pero el sabor, el olor y el ruido de la guerra eran tan brutales que hasta que no logre poner el punto final a esta historia no me sentiré del todo libre y… en PAZ.

© GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN
Ahora sí: vivo en y por la paz. Amo y soy felizmente libre. ¿Y tú?

 

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