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CARTILLA DE RACIONAMIENTO,

¡MALDITA HAMBRE!

Por lo que más quiero en este mundo (la vida), puedo asegurar que, desde que tengo uso de razón, comprendí el verdadero significado de las palabras de mis abuelos y de mis padres cuando se referían a la cruenta e incívica guerra civil y a sus consecuencias. Tengo, por ello, la plena seguridad de que el slogan “vive y deja vivir” debería ser la primera y la única regla de obligado cumplimiento. Mas como desgraciadamente no es así, he de conformarme con hacer mío el deseo de aquellos que sufrieron en sus carnes tanto dolor junto: “por Dios, que jamás vuelva a nuestro lado una guerra”. Y ese deseo se repite cada día al ver otras guerras latentes desde cualquier medio de comunicación: con letras de sangre, con voces de odio o con esa colección de escenas tan crueles que realmente llegan a sobrecoger el alma. ¿Hasta cuándo ha de durar la maldad del hombre con el hombre? ¿Hasta cuándo ha de prevalecer la fuerza bruta por encima de la inteligencia, de la creación o de la cultura más humana? ¿Hasta cuándo? Es muy posible que la respuesta a estas preguntas se entienda mejor si miramos atrás para percibir, realmente, lo que no queremos ni para nosotros ni para aquellos que han de llevar nuestra antorcha en un futuro. Por eso es bueno recordar “la historia del hambre, ¡maldita hambre!”.

1936. Había una vez un pueblo, de nombre España, que cada mañana se despertaba con el canto de un gallo. Sus habitantes, entonces, eran muy felices. Pero he aquí que llegó un dios ambicioso a poner fronteras a los sueños más esperanzadores y le dio por dividir, en dos, a los barrios: los de los ojos azules a la derecha y los de camisa roja a la izquierda. Y entonces, unos y otros, como los lobos, huyeron al monte y sin saber muy bien por qué dejaron un mensaje escrito en la retaguardia que repetían continuamente con el ondear de las banderas: “al enemigo, ni agua”. De aquel tiempo, dicen que hubo vencedores y vencidos; pero al final, de los que quedaron, perdieron todos: un poco de vida, el progreso, la libertad, la decencia... Millares de ellos fueron hechos prisioneros en frías cárceles de piedras; a otros aún les sigue persiguiendo su propia conciencia.

1939. Tras la guerra, las tierras se convirtieron en tumbas que hacían estériles las semillas del pan, y los senderos del agua se convirtieron en desiertos por donde navegaban, tan sólo, el olor de la pólvora y las lágrimas de tanto entierro. Llegó el hambre... Y para que comieran todos, sobre todo los más pobres, los hombres del gran poder inventaron una colección de cupones dentro de una cartilla a la que llamaron, popularmente, “La Cartilla de Racionamiento”.


EN REALIDAD, ¿QUÉ ERA ESTA CARTILLA?
¿CUÁL FUE SU HISTORIA REAL?

En términos generales, la cartilla de racionamiento era, ante todo, una ofensa al más humilde porque, al principio de su implantación (en 1936 para Madrid capital y en 1939 para el resto del territorio nacional), no había suficiente información para usarla y –lo que es peor– no había dinero para adquirir los alimentos más elementales: pan, aceite, azúcar o sal. Los ricos tenderos, ambiciosos en su gran mayoría, jugaban con su “poder” y robaban de forma continua a los más necesitados: unos gramos de harina por aquí, unos centilitros de aceite por allá y así, permanentemente, con todos los productos. Me cuentan, y no paran, de situaciones límite donde se degradaba la condición humana hasta lo inimaginable por el mero hecho de ser del bando “rojo” –los perdedores– o por tener un familiar en la cárcel. Como claro ejemplo de lo expuesto con anterioridad, pongo el de aquel tendero ladrón, primo, para más señas, de una de las autoridades (in)competentes y dictatoriales donde las haya, que se quedaba con determinados cupones a cambio de nada y todavía tenía la desfachatez de amenazar al humilde cliente con denunciarle a la Benemérita o al mismísimo obispo de la Diócesis “por no sé qué atropellos de un familiar” que, por supuesto, no existían. Y entonces –me lo explican con lágrimas en los ojos–, la gente se callaba por temor a las represalias o por miedo al retorno de los tiroteos o a aquellos “paseos” nocturnos que tenían ida pero no vuelta.
La cartilla de racionamiento, al principio, tenía la potestad de racionar lo poco que llegaba de la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes y, aun así, “sobraban” muchos alimentos en los almacenes de los intermediarios, en las bodegas de los tenderos, en la despensa de los poderosos... Y con aquella “abundancia”, al lado mismo de ella, llegó, de manera vergonzante, el estraperlo, que todavía hacía más cuesta arriba la vida de los más humildes; una vida que pendía de un hilo por la mala alimentación y por las enfermedades derivadas de la miseria (infecciones, diarreas y enteritis, entre otras) y de las acciones físicas y morales de una guerra incívica en grado superlativo (traumatismos brutales, heridas incurables por falta de medicamentos, amputaciones y acciones psíquicas: violaciones, vejaciones de todo tipo, etc.). La muerte de los niños y de los ancianos era de lo más cotidiano. Para Ramón Salas Larrazábal, autor del artículo “El mito del millón de muertos”
–referidos a la guerra civil–, fueron 80.809 los niños muertos menores de cinco años y 25.098 los ancianos que murieron de forma prematura en los años inmediatamente posteriores a la contienda. Para este autor, la sobremortalidad –durante el período 1936 a 1943– fue de 567.075 personas. Personas que murieron, repito, como consecuencia del hambre, de la violencia en la posguerra y de las enfermedades heredadas o contraídas en la guerra.

CON EL HAMBRE A CUESTAS, ¡MALDITA HAMBRE!

En un periódico de época (noviembre de 1936) leo en que consistía el racionamiento diario impuesto por el Ayuntamiento de Madrid y, la verdad, lo confieso, mi cuerpo sufrió un escalofrío intenso durante esta lectura: “Leche: una persona, cuarto de litro; dos a tres, medio litro; cuatro a cinco, tres cuartos de litro; seis a siete; un litro; ocho a diez, litro y medio”. Vuelvo a confesar públicamente que volví a leer esta frase varias veces e hice mis cálculos mentales: “Si a una familia de diez miembros le correspondía litro y medio de leche, ¿cuánto le correspondía a una persona?” Efectivamente..., ¡una ración de hambre! “Para hacerse una idea de la escasez, el 1 de julio –transcribo un texto del año 1939– se fijó en Burgos la ración semanal de un hombre adulto, consistente en 400 g de pan negro, 250 de patatas, 100 de legumbres secas, 50 de aceite, 10 de café, 30 de azúcar, 125 de carne, 25 de tocino, 75 de bacalao y 200 de pescado. A la mujer adulta le corresponde el 80 % de esta ración”. Ante tanta “abundancia”, ¿qué le quedaba al pueblo? El estraperlo (trampa o engaño) hacía su agosto y, como muestra, un botón: “Un kilo de azúcar cuesta 1,90 pesetas a precio de tasa; en el mercado negro se cotiza a 20 pesetas –leo en un periódico del año 1941–. El aceite de racionamiento se paga a 3,75 pesetas el litro; de estraperlo, llega a las 30 pesetas”.
En un intento de evitar estos abusos y con el fin de distribuir de forma más equitativa los alimentos, la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes publicó en abril de 1943 un decreto donde la principal novedad radicaba en anular la cartilla de racionamiento familiar a favor de otra individual; nuestra cartilla.

 

CARTILLA Nº 322637. SERIE ZA. TERCERA CATEGORÍA. SEGUNDO SEMESTRE 1951

Me lo temía. Cuando tuve la oportunidad de tocar esta cartilla (12,2 x 16,3 cm) y leer en la portada su categoría, me dije que el dueño de la misma debería haber sido un hombre humilde, de tercera. Estaba en lo cierto: “Los españoles –leo en otro recorte de prensa del año 1941– han tenido que hacer una declaración jurada de ingresos, clasificándoles en tres categorías: 1ª) Para ricos. 2ª) Para las clases medias; y 3ª Para las clases más desfavorecidas” (la clase de nuestro hombre, porque también para el hambre hay clases, ¿o no?)
La individualidad de la cartilla queda de manifiesto simplemente al abrirla (ver ilustración –transcrita del original– en la página primera de este artículo). Le siguen, a continuación, 3 hojas (con 24 cupones cada una) correspondientes –por orden– al aceite, al azúcar y a las legumbres y el arroz; 1 hoja con tan sólo 6 cupones (dos de aceite, dos de azúcar y dos de legumbres y arroz) y otras 6 nuevas hojas destinadas para “varios” (con 24 cupones cada una). Las dos últimas hojas (en cartón, como la portada) estaba reservada para la carne, las grasas y los ultramarinos –trascripción, al final de las advertencias –. La contraportada de esta cartilla incluye 10 advertencias que, por su interés, reproduzco a continuación; ahora bien, he de advertir que, debido a su mala impresión y a una letra excesivamente pequeña, he tenido que “suponer” alguna palabra.

ADVERTENCIAS

1ª La Colección de cupones de racionamiento es personal, no alcanzando, por lo tanto, sus beneficios más que a su titular, a quien en todo momento puede exigírsele justifique la propiedad de la Colección de cupones con la correspondiente tarjeta de Abastecimiento.

2ª Con esta Colección de Cupones podrán adquirirse artículos sin condimentar en las tiendas, economatos y cooperativas en que estuviera inscrita, cuando se use en la misma localidad (Municipio) de la Delegación de Abastecimientos y Transportes que la expidió; si se usa en otra localidad, los artículos sin condimentar sólo podrán adquirirse en las tiendas que al efecto tenga designadas cada Delegación.
Si los artículos son condimentados podrán adquirirse en cualquier establecimiento del territorio español que los faculte en esa forma.

3ª Para usar los cupones de racionamiento, que los cortará quien entregue los artículos, deberán presentarse en unión de la cubierta.

4ª Los cambios de tienda, economato, cooperativa o establecimiento colectivo, dentro de una localidad, se llevarán a cabo comunicando la baja y alta de la colección de cupones sucesivamente a los establecimientos a que afecten.

5ª Si una persona cambia definitivamente la residencia, o sea si se traslada de localidad para vivir en otra habitualmente, está obligada a solicitar la baja en los establecimiento en que estuviera inscrita la Colección de cupones, la cual, en unión de los boletines de baja que se le faciliten, entregará a la Delegación de Abastecimientos y Transportes de la localidad de su residencia
Si el cambio de residencia es accidental, no se precisará cumplimente trámite alguno y la misma colección de cupones podrá usarla en la residencia accidental en la forma que se indica en la advertencia segunda.

6ª Si el titular de una colección de cupones fallece, sus familiares, derecho-habientes o personas que soliciten la trascripción de la defunción, vendrán obligadas a entregar la colección de cupones, con los boletines de baja de los establecimientos en que estaba inscrita y la Tarjeta de Abastecimiento, en la Delegación de Abastecimientos y Transportes de la localidad en que el fallecimiento ocurrió.
Si el titular de una Colección de cupones de racionamiento ha de incorporarse a filas, deberá entregar dicha Colección de cupones en la Delegación de Abastecimientos y Transportes de la localidad en que se halle al incorporarse.
El que se ausente al extranjero entregará esta Colección de cupones y la Tarjeta de Abastecimiento en la Oficina de Abastecimiento de la frontera por la que haga la salida.

7ª Al hacer en una tienda, economato o cooperativa adquisición de artículos sin condimentar, se cortará el cupón o cupones correspondientes a los artículos que se recojan, en cada caso conforme a los anuncios de suministro que hubiese publicado la Delegación de Abastecimientos.
En las panaderías se cortará el cupón de PAN (diario) y sólo serán válidos a tal efecto el cupón o cupones correspondientes al día o días a que se refiere el suministro de pan.

8ª Para adquirir artículos en tiendas, economatos y cooperativas, sólo serán válidos los cupones de la semana corriente.

9ª Las transgresiones que se cometan en el uso de esta Colección de cupones serán directamente imputables a su propietario si está emancipado y, en caso contrario, a la persona a cuyo cargo esté el no emancipado.

10ª La pérdida o deterioro de esta Colección de cupones, ocasionará a su propietario los consiguientes perjuicios.

 

cartilla

Para comprender como se usaban los cupones de racionamiento, siguiendo las normas establecidas por el Gobierno civil –cantidad y precio de los alimentos–, trascribo a continuación el texto del Boletín Oficial de la Provincia de León, de fecha 18 de septiembre de 1951, que afecta al suministro de la quincena coincidente con el vigor de la cartilla. Las ilustraciones que se incluyen con él son copias de los cupones (no formaban parte del texto). 


En el Boletín Oficial de la Provincia de León, de fecha 9 de octubre de 1951, encuentro la respuesta sobre la “justa” aplicación de los precios de los alimentos a cada categoría. Éstos eran los del pan:

PRECIOS DEL PAN PARA POBLACIÓN CIVIL
Primera categoría    (80 gramos).....................0,50 Pesetas
Segunda categoría (100 gramos).....................0,50     ”
Tercera categoría  (150 gramos)......................0,55     ”
Pan de Alimentación Infantil (100 gramos).....0,35     ”

Viendo estos precios y haciendo una sencilla regla de tres se puede comprender rápidamente la “enorme” diferencia que se hacía entre el rico, de primera categoría, y el pobre, pobrísimo, de tercera categoría. Aquí, y ahora, sin entrar en la polémica de que los gramos de los pobres estaban en continua devaluación o “merma” dependiendo del grado de honradez del comerciante, debería aplicar, y aplico, el dicho popular “te engañaron igual que lo hacían con el pan de los pobres”.
Por último, sólo me queda responder a una pregunta que me hice desde el primer momento en que toqué la Cartilla de Racionamiento Nº. 322637, de la Serie ZA y correspondiente a la TERCERA CATEGORÍA y Segundo Semestre de 1951, ¿por qué su dueño no llegó a usarla? Puede que la respuesta de este enigma esté dentro del enorme titular que encontré en un periódico del año 1952: 

“FIN DEL RACIONAMIENTO TRECE AÑOS
DESPUÉS DE LA GUERRA”

Leo: “Las buenas cosechas cerealísticas del año 1951 y los crecientes intercambios comerciales con el extranjero dieron un respiro al régimen, que en el mes de mayo suprimía las cartillas de racionamiento, trece años después de su implantación. El Consejo  de  Ministros aprueba un nuevo régimen –ahora libre– de producción, venta y precio de los artículos hasta el momento intervenidos por la Comisaría de Abastecimientos. El propósito del Gobierno es normalizar el comercio y el fomento de la producción española. Para la población, el fin del racionamiento significa poder obtener productos de primera necesidad libremente y sin tener que acudir al mercado negro ni pagar sus desorbitados precios”.
Es posible que nuestro hombre –si no llegó a fallecer a principios de aquel semestre de 1951– fuera uno de los favorecidos con su cosecha; es posible que, además, con un gran esfuerzo económico y trabajando de sol a sol, tuviera una o dos vacas, unas gallinas, un cerdo y una pequeña huerta. Si así hubiera sido tendría, para él y su familia: leche, huevos, harina, legumbres, hortalizas, fruta, carne, grasas y... hasta jabón (hecho con grasa de cerdo). Todo un lujo a su alcance, siempre que “los enemigos de lo ajeno” no visitaran su hacienda con nocturnidad –a veces, según me cuentan, lo hacían a plena luz del día y con pistola–, premeditación y alevosía. Es posible que hubiera tenido suerte y, entonces, ¿para qué usar los cupones de racionamiento?
Lo cierto fue que, tras trece años después de una guerra, que nunca debió existir, nuestro hombre y todos los españoles volvieron a recobrar muy lentamente la libertad que habían perdido, pero ¿a qué precio?
Fuentes de todo crédito, que pasaron hambre, mucha hambre durante aquellos difíciles años, me dicen –como colofón a este artículo– que hoy día hay demasiado vicio para reconocer mínimamente lo que es vivir sin nada para llevarse a la boca y...., así un día tras otro. ¿Será cierto que el vicio no es buen consejero para la paz y que lleva con él demasiadas envidias y violencia? ¿Será cierto que el hambre agudiza el ingenio?
¡Maldita hambre que llevaste a la tumba a tanto hombre bueno y valiente! ¡Maldita hambre que meciste los cabellos de tanto hombre inteligente y justo! ¡Maldita guerra!

© GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

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