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EL CAMINO DE SANTIAGO POR OTERO DE CURUEÑO

Pudiera parecer una broma, pero no: por Otero de Curueño también se llega a Santiago de Compostela. Y se hace a través de una ruta olvidada, pero llena de historia. Una ruta con un paisaje extremadamente bello, como pocos, donde las rocas, en determinados lugares, parecen tocar el cielo y donde el sobrecogedor murmullo de la naturaleza te trasforma y te acompaña. Interesante. Muy interesante. Ahora bien, antes de continuar, quiero advertir que las pretensiones de este artículo son extremadamente sencillas. Tiempo habrá de seguir investigando y de aportar nuevos datos para destacar, en su justa medida, todo cuanto de interés vaya surgiendo.

Todo comenzó con una amena charla, delante del fuego, idéntica a aquellas otras que se hacían en las largas noches de invierno: “todavía me acuerdo cuando los peregrinos se cobijaban bajo el techo de vuestra ermita”. Fue como un rayo y duró el tiempo justo para poder asimilarlo. Después... Parecía que el silencio le pedía discreción o le solicitaba cambiar de rumbo. “No conozco más detalles” -decía- o se amparaba en la duda para seguir la charla: “bueno..., puede que sólo fueran caminantes sin recursos o transeúntes de paso”. Lo cierto es que, desde aquella noche, una pregunta me acompañó en más de una ocasión: ¿y si fuera cierto? Removí “Roma con Santiago”. Abrí libros. Pregunté a muchas personas. Y, poco a poco, fui descubriendo una pequeña madeja de enrevesados hilos que me pedían con urgencia ser desenredados.
Un buen día, por casualidad, buscando otra serie de datos para uno de mis artículos, descubrí toda esta larga autopista:

BARRILLOS DE LA ARRIMADAS
En la iglesia parroquial de este pueblo y de la Acisa, en el primer tramo de la torre, que tiene indicios de ser obra muy antigua, hay una cruz que por su forma parece semejante á las que usaban los Caballeros de Santiago. En dos fitos ó mojones que hay el uno al Oriente y el otro a Poniente, á cierta distancia de dicha Iglesia, hay en cada uno de ellos otra cruz de forma diferente de la de la torre y con cierta semejanza á la que usaban los Caballeros Templarios.
Al finalizar este párrafo no pude por menos de gritar “¡cáspita!”. Y con el corazón desbocado, seguí leyendo:
La tradición de los pueblos es que allí hubo convento ó mas bien priorato de Templa-rios. Pudo muy bien haber pertenecido dicho edificio en primer lugar á los caballeros de la espada de Santiago y despues haber recaido, como otros muchos, en poder de los Templarios y de ahí la diferencia de las cruces.
Unos y otros caballeros estaban destina-dos á la custodia del camino de los peregrinos que iban en romería á Santiago de Galicia; y aunque desde principios del siglo décimo el camino principal de aquellos iba desde Carrion á Leon por hácia Mansilla, segun la direccion que le dió el conde D. Diego de Porcelos, venia otro camino menos principal, pero tal vez mas usado en tiempo de calores, al par de la Guzpeña, cortando desde el Puente del Muey á Mercadillo, Arrimadas, Boñar, Valdepiélago, etc., cuya direccion hemos visto llevar aun en nuestros dias á los peregrinos...1
Tras este “descubrimiento”, todo resultó más sencillo, aunque -he de decirlo- fue el prestigioso historiador/escritor Julio de Prado Reyero -en una entrevista que me concedió el pasado verano- quien me aseguró que Otero de Curueño era un paso obligado para los peregrinos que, dirigiéndose a Santiago de Compostela, pasaban por nuestra tierra.
Se da la circunstancia de que, preparando mi nuevo libro -Sangre de Roble-, un joven aventurero/peregrino coincidió conmigo en una de mis excursiones por los bosques de robles de Otero. Mi sorpresa, como es evidente, fue mayúscula y así lo narro en uno de los capítulos:
AQUEL peregrino procedía de Tarazona (Aragón) y seguía –según me indicó– la misma ruta  que hizo su paisano el presbítero Atilano –San Atilano (850-915)–, para encontrarse con Froilán –San Froilán (833-905)–, en los arrabales  del arroyo Valdecésar, en Valdorria. Días atrás había cruzado el río Esla por el Puente del Mercadillo en Sorriba; se detuvo en las estribaciones de las ruinas del castillo de Aquilare o Aguilar, en Sabero; continuó por el Camino Real hasta Saelices; pasó por Sotillos, Veneros, y pernoctó en Boñar, donde disfrutó de sus aguas termales de la misma forma que, durante siglos, lo hicieron miles y miles de peregrinos y enfermos. Desde La Mata de la Riba llegó hasta Otero de Curueño y disfrutó durante horas de nuestra humilde hospitalidad; después, como quedó dicho, le acompañé hasta Valdepiélago, indicándole la ruta idónea para subir al pueblo de Valdorria: sin dejar el margen izquierdo del río Curueño hasta atravesar todo el pueblo de Montuerto, donde habría de visitar las ruinas del castillo que, para algunos historiadores –le expliqué–, es el castillo de Arbolio, donde se planeó la conspiración de doña Jimena y sus hijos García, Fruela y Ordoño para derrocar a su padre Alfonso III, el Magno; para otros, simplemente, el castillo de Montuerto. Tras escuchar el silencio de las tumbas y el de las ruinas que por allí hay sembradas, le recomendé atravesar el río Curueño con el fin de que, antes de llegar a Nocedo, pudiera admirar la espectacular cascada.
Con los pies en Valdorria, este peregrino aragonés –según me dijo– se detendría unos días para respirar la paz y comprobar el pulso de esta bendita tierra, “donde los más feroces lobos trabajan a las órdenes de los hombres”2. Seguiría, después, los pasos establecidos por los peregrinos que le precedieron, siglos atrás: de Correcillas iría a Vegacervera. Atravesaría Coladilla para llegar hasta La Vid, donde enlazaría con la ruta León-La Robla-Asturias, pasando por Villamanín y por Arbás del Puerto, un pueblo con una hermosa colegiata románica, antiguo albergue de peregrinos. Por el Puerto de Pajares caminaría, después, con una idea fija y establecida: visitar la Catedral de San Salvador de Oviedo, porque –según me dijo– ya se sabe:“Quien va a Santiago y no al Salvador visita al criado y no al Señor”.
Desde Oviedo seguiría la Ruta de la Costa hasta llegar a Santiago de Compostela.
En esta narración se puede comprobar fácilmente cuál era una de las rutas que seguían aquellos peregrinos. Pero, como es evidente, había otras muchas que, por curiosidad, paso a detallar.
Muchos de los peregrinos, una vez en Boñar, seguían hasta Asturias a través del Puerto de San Isidro. Otros, por el contrario, retrocedían sus pasos para pasar por Lugán y enlazar, en el Puente Villarente, con el hoy conocido Camino Francés. Algunos de los peregrinos que llegaban a Nocedo seguían a la vera del río Curueño hasta el Puerto de Vegarada, para, desde allí, continuar la ruta hacia Oviedo y, más tarde, adentrarse por la conocida Ruta de la Costa para llegar a Santiago; siempre, en este caso, después de visitar al Salvador.

¿EXISTEN ACTUALMENTE VESTIGIOS DEL CAMINO DE SANTIAGO POR ESTAS TIERRAS?
Una de mis máximas preocupaciones a la hora de hacer creíble este artículo fue buscar algún documento o resto que determinara la existencia de peregrinos por nuestra tierra. A través de las distintas informaciones recibidas, y totalmente contrastadas, fui encontrando lo que buscaba.
Así, cerca de nuestro pueblo, concretamente en Boñar, existe todavía una piedra -incrustada en una fachada en la calle Corredera- donde se puede apreciar con total claridad la concha del peregrino (fotografía inferior).


 

Siguiendo la ruta, Otero de Curueño, Valdepiélago, Montuerto, Nocedo, Valdorria, Correcillas, Matallana, Vegacervera y Coladilla, pude ver y fotografiar las conchas de peregrinos existentes en la portada de la iglesia de este último pueblo (Coladilla) -foto inferior-, en cuyo arco, de medio punto, se percibe una cenefa compuesta por trece conchas en relieve. De la iglesia de Coladilla, con una estructura románica rural, se tiene constancia de su existencia desde finales del s. XII. Este dato es muy importante a la hora de determinar, al menos, la existencia de los peregrinos por estos lugares.

 

Por otra parte, en el libro “Crónica de Val de Lugueros”, de Ángel Fierro, se puede leer lo siguiente, refiriéndose al Puerto de Vegarada:

Vegarada (ruta menos frecuentada por su dureza), que proseguía en Asturias por Nuestra Señora de la Brañuela (Aller), Santa Ana y Moreda...”
Lo que es evidente es que en Vegarada existió un hospital de peregrinos, junto a “chozos y majadas de pastores, refugio, lugar de posta de las caballerías, venta ( ), y una ermita, bajo la advocación de la Virgen del Carmen”, escribe Ángel Fierro.
Una de las actuales propietarias del bar existente en el Puerto de Vegarada así me lo confirmó el pasado verano, y me dio otro dato más, que también recoge Ángel Fierro en su libro: un campanero estaba obligado a tocar la campana de la ermita cada dos horas en los días claros y cada media hora en los días de niebla y nieve para orientar a los caminantes y peregrinos que se dirigían al puerto.
Como constancia documental de la existencia de una ermita y de un hospital en el alto del Puerto de Vegarada, puedo decir que, en los archivos parroquiales de Lugueros, así queda reflejado en un libro del siglo XVII, “Libro de los Apeos”, donde se confirma la existencia de una Cofradía que se encargaba de atender las necesidades, físicas y espirituales, de los peregrinos.
Al margen se reproduce una página de este libro, en la que se puede leer lo siguiente: “Libro de apeos de Nuestra Señora de Begarada, sita en dicho puerto en el Concejo de Baldelugueros, echo en el año de mil seiscientos y noventa y dos, a pedimento del Fiscal de este Obispado, con comisión del señor Provisor”.

LEYENDAS DEL CAMINO
Como es fácilmente comprensible todo Camino posee sus propias leyendas y éste no iba a ser menos. La más difundida, y por ello la más conocida de todas, se refiere al Santo Froilán y al malvado de aquel lobo que tuvo la osadía de matar a su borriquillo. Ahora bien, a lo largo del recorrido que realicé personalmente, tuve la ocasión de recoger algunas otras, aunque, la verdad, todas ellas muy similares. En el pueblo de Correcillas, en concreto, me contaron dos de ellas: una señora me indicó que, en las inmediaciones del cementerio, existía una piedra -hoy desaparecida o enterrada por la maleza- con la huella del caballo de Santiago. Similar versión me ofreció otra señora de mayor edad en este mismo pueblo. Según sus propias palabras, aseguraba que, de moza, pudo comprobar personalmente la existencia de una huella de la pezuña y de la rodilla del caballo de Santiago, a su paso por Correcillas, cuando se detuvo a beber agua en una de las fuentes existentes bajo el Peñón de Polvadera (en la fotografía inferior, el peñón que se ve al fondo), a la izquierda de la zona denominada Del Marqués.


 

Lo más sorprendente de estas leyendas es el modo o la forma con la que te las cuentan: “Yo vi esas huellas con mis propios ojos”. “Mis abuelos me dijeron que...”. “No vaya a pensar usted que es una mentira”, etc.
Lo cierto de todo ello es que leyendas similares se encuentran en cualquier lugar del camino. Un ejemplo: “En el camino que va de Vozmediano á Boñar por el término de Colle hay un sitio que llaman Patada de la mula por que se hallan marcadas en un banco de piedra sobre la que pasa el camino, unas cuantas pisadas que parecen de mula ó de caballo. Los naturales de los pueblos inmediatos dicen que son pisadas del caballo de Santiago cuando andaba pelando contra los moros, á cuya tradición dará cada uno el crédito que quiera. Lo que sí parece estraño es que en tantos siglos como hará ya que pasa el camino por cima de dichas pisadas no se hayan éstas borrado y se conserven en el estado en que se encuentran como si no pasara por allí el camino”. Este texto de Don Pedro Alba, recogido en el año 1863 en su libro -ya citado en este mismo artículo- “Historia de la Montaña de Boñar”, es un claro ejemplo de lo comentado.

                    

RESUMEN DE LAS DIVERSAS RUTAS POR OTERO DE CURUEÑO
Con los datos que encontré, puedo asegurar que los peregrinos que pasaban por nuestro pueblo se dirigían unos a Valdepiélago y otros a La Vecilla. Lo más curioso es que aquellos que iban a La Vecilla, al parecer, se dirigían de nuevo a Valdepiélago. “Está perfectamente constatado un camino de peregrinación, distinto al tradicional “francés”, que entraba por Puente Almuey y seguía por el Valle de Las Casas, las Arrimadas, Boñar, La Vecilla, Valdepiélago, ermita de San Froilán en la Valdorria, Matallana, Vegacervera, ermita de San Lorenzo de la Vid, desde donde partía hacia el norte por la vía del Bernesga o hacia el oeste a través del Luna y del Omaña” -escribe Manuel García Ripado, en su libro “Boñar (Recopilación de datos para una historia)”.
Por su interés, termino este artículo diciendo que -tal y como quedó reflejado en el párrafo anterior- no todos los peregrinos se dirigían por el mismo lugar. Así, encontré otras rutas alternativas, como la siguiente: Correcillas, Valle Santiago, Valle Abadía, Felmín, Getino, Cármenes, Canseco, Valle de Aller, Ujo. Esta ruta se dirigía a Asturias, pero hallé otra que llegaba hasta el Bierzo: Otero de Curueño, Valdepiélago, Valdorria, Correcillas, Vegacervera, Buiza, Barrios de Gordón, Canales, Riello, Fasgar, Fuseros, Congosto, Cacabelos y Burbia (hoy, Villafranca del Bierzo).
Feliz jubileo, en cualquier caso.

© GREGORIO FERNÁNDEZ CASTAÑÓN

1 Del libro “Historia de la Montaña de Boñar”, escrita por Don Pedro Alba, párroco de Valdesaz de los Oteros en 1863.

2 Una clara alusión a la leyenda “El lobo de San Froilán”, aquel lobo que, matando al borriquillo del santo, fue obligado por éste a acarrear en las alforjas las piedras que servirían para levantar el cenobio

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