cabecera

DIARIO ÍNTIMO DE LA NIÑEZ

Sin dejar de lado sus constantes temáticas y sin abandonar su lenguaje poético, José Luis Puerto (La Alberca, Salamanca, 1953) nos regala en esta ocasión un particular Bestiario de Alfranca. Y decimos nos regala puesto que la delicadeza lírica de la obra unida al tono nostálgico y al amor por la naturaleza constituyen en conjunto un bello presente literario de ecos juanramonianos.
Lo evocador del título puede resultar engañoso. Por un lado, bestiario parece remitirnos a la Edad Media y a las descripciones de portentosos animales quiméricos que recibían ese título. Por otro lado, Alfranca puede recordarnos el paraíso medioambiental de la Reserva Natural del Ebro, situado a escasos kilómetros de Zaragoza. Sin embargo, Puerto hablará de animales pero no quiméricos ni medievales sino mucho más cercanos y sencillos. Y esa idílica Alfranca de la obra no será aragonesa sino, como no podía ser de otra forma de acuerdo con la obra de este autor, salmantina; ya que él mismo nos ha desvelado que su particular Arcadia no es otra cosa que la imposible simbiosis de los nombres de La Alberca y de la Sierra de Francia, lugares de su infancia que consigue aunar en esa Al-Fran-ca. Siguiendo la estela de la Yoknapatawpha de Faulkner, o de las Comala, Macondo, Celama o Región, quién sabe si, con el tiempo, esta Alfranca no se convertirá también en un referente literario de esos mundos perdidos que viven en la imaginación de los escritores.
La obra se presenta dividida en pequeñas celdas (¿o jaulas?) dedicadas a un animal y a un recuerdo o anécdota relacionados con él. Tras tres textos introductorios: uno, decididamente poético (Llama animal) y otro, de carácter bíblico (Melodías del agua y del silencio); la obra se estructura en grupos de animales según su tamaño o su biología y así, iremos de, literalmente, “lo pequeño” a los animales alados, acuáticos, mamíferos o mansos. Especial importancia tiene el Descenso al sacrificio, parte dedicada a los animales condenados, cuyo sacrificio presencia (o presenció) el autor y que han marcado desde entonces su personalidad. Entronca esta parte con las numerosas citas del Nobel Elías Canetti, autor de origen judío también especialmente sensibilizado con los sacrificios animales.

No hace falta abundar en la importancia del tiempo, del pasado y de la nostalgia infantil en la obra de Puerto. Junto al espacio rural y a una contemplación con vocación trascendente son las constantes que atraviesan su poética y, como se ha señalado, también este bestiario.

 

No oculta Puerto su nostalgia: “tiempo de vida arcádica, marcada por la verdad de la pobreza”; ni tampoco su vocación de trascendencia, aunque en esta ocasión teñida de cierto tono panteísta, como cuando al comer una trucha dice “comulgasteis con ella, repartiéndoosla. Una de vuestras muchas comuniones con lo creado, en aquel paraíso de pobreza y de dicha”. Por ello pueden llamar la atención determinadas referencias al mundo moderno (un coche, correos electrónicos o el portátil) que parecen alejarnos de ese mundo tan deliciosamente recreado que no queremos abandonar ni por alusiones.

El libro incluye ilustraciones de Cristóbal Aguilar –de Estampa Popular–y Miguel Sobrino, y fotografías de David Marcos Robles y Francisco Javier Vázquez Amigo. Incluye también la firma del autor y un sello de correos original, correspondiente a la serie “Fauna Hispánica”.

Respecto a las alusiones, o referencias culturales, es curioso cómo el autor encadena en textos consecutivos la misma referencia (Egipto, Lewis Carroll...) como si los hubiera escrito en una misma jornada. Y también cómo la voz del narrador fluctúa entre la segunda o tercera persona de plural y singular sin que exista en apariencia criterio para ello. Esa sensación de texto improvisado o no repasado casa, por otro lado, con la imagen de cuaderno de campo que también se transmite, por lo que, aquello que podría parecer un defecto se torna, sin embargo, en otra virtud.

 

Valga como conclusión la referencia a la mejor y más representativa de estas jaulas en las que guardar el ideal recuerdo. Los luceros de julio habla de luciérnagas, pero también de la bóveda celeste, del abuelo Pablo y de los amigos que ya no están. Un bellísimo ejemplo que trasciende la idea de bestiario para convertirse en diario íntimo y espiritual.

GONZALO GONZÁLEZ LÁIZ

ILUSTRACIONES (selección) DE CRISTÓBAL AGUILAR 

ILUSTRACIONES (selección) DE MIGUEL SOBRINO

FOTOGRAFÍAS (selección) DE DAVID MARCOS ROBLES Y FRANCISCO JAVIER VÁZQUEZ AMIGO (estas fotografías, en el libro, se publican en blanco y negro)